La Santísima Trinidad

La Santísima Trinidad se celebra después de Pentecostés. Después de experimentar al Espíritu Santo en sus corazones, los Apóstoles entendieron que el único Dios era Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Dios dijo:
“Hagamos a los seres humanos a nuestra imagen, según nuestra semejanza, para que dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las bestias salvajes y los reptiles de la tierra”.

Así dice el versículo 26 del primer capítulo del libro del Génesis en las primeras hojas de ese conducto que se ha transformado en la piedra roseta de nuestra religión. Desde estos primeros momentos podemos empezar a notar este maravilloso misterio sobre la naturaleza de Dios.
Pero ¿Qué es lo que podemos entender de aquellas palabras expresadas en la Biblia? Cuando comenzamos una oración o nos dirigimos  a Dios, siempre comenzamos diciendo: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, y es que allí está uno de las grandes milagros de Dios: La Santísima Trinidad.

Creemos en un Dios trino, un Dios conformado por tres personas divinas que consolidan un solo Dios. Sin embargo, la trinidad no es tres dioses en uno, sino un solo Dios en tres personas. Conocemos al Padre, creador de los cielos y de la tierra, conocemos al hijo, Jesucristo, que bajó de los cielos y dio su vida por el perdón de nuestros pecados, y justamente la semana pasada celebramos la fiesta de Pentecostés, en donde celebramos al Espíritu Santo, señor y dador de vida.

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El Espíritu Santo, al igual que el Padre y el Hijo, es una persona. No se trata de una fuerza activa e impersonal, como si se tratara de la fuerza de gravedad o el magnetismo, sino de una persona, un ser pensante1, sintiente2 y lleno de voluntad3 (Jn 14: 26 [1], Rom 15: 30 [2], 1 Cor 12: 11 [3]).

El Espíritu Santo, así como el Padre y el Hijo, también es Dios. No se trata de tres dioses que adoramos como uno. Así como el agua que corre el forma líquida en los ríos y en los mares, que permanece sólida en los casquetes del hielo, y que deambula imponente en los cielos de en forma de vapor como las nubes, así mismo es Dios, que, presentado en tres formas, constituye una sola cosa. Porque así como el líquido no es sólido, como el sólido no es gas y como el gas no es líquido, en todas sus formas es el mismo compuesto (H2O), Y así también el Padre no es el Hijo, y el Hijo no es el Espíritu Santo, tanto como el Espíritu Santo no es el Padre… Los tres conforman la naturaleza única de Dios.

Ahora, es posible que en nuestra naturaleza humana, en algún momento hayamos intentado comprender este misterio, pues también como parte de nuestra condición humana, nuestra curiosidad nos lleva por caminos con la esperanza de saber lo que hay al final. Sin embargo, como dijo el padre Pío: – “¿Quién puede comprender y explicar los misterios de Dios? Se llaman misterios precisamente porque no pueden ser comprendidos por nuestra pequeña inteligencia”. O como dice aquella bonita anécdota de San Agustín, en la cual un niño intentaba, chorro por chorro, introducir la inmensidad del océano en un agujerito que él mismo había cavado en la arena. Ese niño somos nosotros tratando de comprender ese misterio, intentando introducir la inmensidad del océano en ese pequeño agujero que es nuestra mente.

Pero me atrevo a decir que eso no es lo importante de aquella maravilla que es la trinidad, sino son aquellas palabras que el Señor nos dice en Juan 17, 21:

“Te pido que todos sean uno lo mismo que lo somos tú y yo, Padre. Y que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado”

Y es que al final, como al principio, volvemos a esa gran regalo del amor de Dios, que pidiendo por nosotros anhela que nos amemos de la misma manera que el Padre ama al hijo, de manera tan intrínseca y poderosa que el Espíritu Santo surgió de ese amor.
Imagínate el mundo si nos amáramos como Dios nos lo ha pedido. ¡Imagínate el mundo si amáramos a Dios como Dios mismo nos ha pedido! Allí radica la belleza del milagro de la Santísima trinidad. Te invito a ti, hermano, a dejar que el Espíritu Santo te guíe y te llene de amor, un amor como el que podemos aprender del Hijo, que nos amó tanto que dio su vida por nosotros, y que ahora está sentado a la derecha del Padre, con quien nosotros también anhelamos estar un día. Porque no hay cosa más maravillosa que el amor de Dios, y misterio más grande y hermoso, que aquel que celebramos hoy: La Santísima trinidad.

Luis Sabido
Luis Sabido

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2 comentarios
  1. Me pareció muy bonito el artículo, agradezco que nos den artículos de interés general y sobretodo la información novedosa sobre temas de los que ya hemos escuchado. Saludos

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