Natividad de la Virgen María

María, nuestra buena madre, venerada por todos los católicos igualmente tiene una historia; todo lo que sabemos del nacimiento de María, lo podemos encontrar en el evangelio apócrifo de Santiago, según el cual, Ana, su madre, se casó con un propietario rural llamado Joaquín, galileo de Nazaret, descendiente de la familia real de David. Ana y Joaquín llevaban ya veinte años de matrimonio y el hijo que tanto deseaban, no llegaba.

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Los hebreos consideraban la esterilidad como un castigo del cielo, eran tan menospreciados que en la calle se les negaba el saludo; en el templo, Joaquín oía murmurar sobre ellos, como indignos de entrar en la casa de Dios por dicha razón. Acongojado, Joaquín, se retira al desierto para pedir, con penitencias y oraciones, la ansiada paternidad; Ana también intensificó sus ruegos, implorando como otras veces la gracia de un hijo. Esto nos recuerda a otro personaje, Ana de las Escrituras, de quien habla el libro de los Reyes, que habiendo orado tanto al Señor, fue escuchada, y fue así como llegó su hijo Samuel, quien más tarde sería un gran profeta. Del mismo modo, Joaquín y Ana vieron premiada su constante oración con el nacimiento de María, una hija singular, concebida sin pecado original y predestinada a ser la madre de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre.

Así pues, María llegó al mundo como una niña Santa, en la cual no notan nada diferente hasta que crece y comienza a hablar, a expresar sus sentimientos y manifestar su vida interior; es ahí cuando sus padres se dan cuenta que era una niña excepcional; sus compañeras sienten un gran apego a ella por su inocencia y humildad pero también sentían recelo.

María, llena de gracia, vivía como perfectísima hija de Dios entre hombres que habían perdido la relación divina; que habían pecado y sentían la tentación e inclinación hacia el mismo. Por naturaleza, el ser humano conoce la diferencia entre lo bueno y lo malo, percibe la voz de la conciencia antes de pecar y la desatiende; durante el pecado la calla y después de pecar, la oye pero quisiera no oírla; este es el conocimiento del mal, que no proviene de Dios, sino de haberse separado de él. María no conoce el mal por experiencia, sino por infusión de Dios; María no había pecado nunca, por lo que no entendía a los demás y se sentía sola.

Una mujer como María, que nunca ha pecado, ¿nos puede comprender?, ¿puede ser nuestra madre? ¡Claro! Debemos recordar que María es una mujer comprometida con toda la humanidad; ella fue la pobre de Dios -los pobres de Dios nunca preguntan, nunca protestan, se abandonan en silencio y depositan su confianza en las manos del Señor-. Aunque aparentemente el evangelio nos dice muy poco de María, si nos fijamos bien y leemos entre líneas, nos dice casi todo: Jesús predicó el Evangelio que vio cumplido por su Madre. Los hijos se parecen a sus padres y Jesús era tal cual el retrato de su Madre, no sólo en lo físico sino también en lo espiritual.

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Cuando Jesús pronuncia el sermón de las Bienaventuranzas, nos pinta el retrato de su Madre, “Pobres de espíritu, mansos, pacientes, humildes, misericordiosos, trabajadores de la paz”. Sus actitudes vitales son idénticas a las de la madre y el hijo. Por su parte, María, en el momento decisivo de su vida, le dice al Ángel: “Hágase en mi”; en el momento de comenzar su hora, Jesús dice lo mismo “Hágase”. Cuando nos enseña su identidad, María nos dice que es “la esclava del Señor”; cuando Jesús nos presenta la suya, nos dice que es “manso y humilde de corazón”. Es así como nos damos cuenta que Jesús predicó las bienaventuranzas porque las había vivido, y las vivió porque las había visto vivir a su Madre, por eso la quiso y la hizo Inmaculada, porque tenía que ser su madre y educadora en la fe.

Es así como nos damos cuenta lo valioso que es tener una madre que hasta Dios quiso tener una, quien nos ama tanto que nos la regaló en la cruz. Por estas razones, María se convierte en nuestro camino para llegar a Jesús, por lo tanto, debemos pedirle sus virtudes para parecernos a su hijo. ¡Esa es la importancia de María en la iglesia católica! Y como católicos que somos, la amamos, la defendemos y celebramos su nacimiento en este día.

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