¿Puedo ser santo?

El artículo anterior titulado El día de todos los Santos, causó una prerrogativa muy peculiar: ¿Puedo ser santo?

Recordemos que la Biblia llama “Santo” a todo aquel objeto o persona consagrado a Dios.Una persona es santa cuando dedica su vida entera a mirar el mundo con los ojos de Dios, sin embargo, cuando escuchamos sobre los  santos, creemos que en su tiempo fueron personas perfectas que siempre fueron a la iglesia y ahora son reconocidos por ella, pero eso no es el todo cierto, los santos son personas sencillas que se dejaron iluminar por Dios para poder seguir su camino.

Por el Bautismo todos somos llamados a la santidad, y todos tenemos la oportunidad de llegar a ser santos, si es Dios quien reina en tu corazón.

Te presentamos la vida de dos santos que tuvieron una vida compleja ante los ojos de los hombres y que con disposición se dejaron ayudar por la misericordia de Dios.

San Agustín de Hipona

San Agustín de Hipona dejó la escuela cuando tenía diez y seis años, mientras se encontraba en esta situación se sumergió en ideas paganas, en su propio orgullo y en varios pecados de impureza. Cuando tenía diez y siete años inició una relación con una joven con quien vivió fuera del matrimonio durante aproximadamente catorce años. Enseñaba gramática y retórica en ese entonces, y era muy admirado y exitoso. Desde los 19 hasta los 28 años, para el profundo pesar de su madre, San Agustín perteneció a la secta herética de los Maniqueos, ellos creían en un Dios del bien y en un Dios del mal, y que solo el espíritu del hombre era bueno, no el cuerpo, ni nada proveniente del mundo material.

A través de la poderosa intercesión de su madre Santa Mónica, la gracia triunfó en la vida de San Agustín. Él mismo comenzó a asistir y a ser profundamente impactado por el Cristianismo. Asimismo, leyó la historia de la conversión de un gran orador pagano, además de leer las epístolas de San Pablo, lo cual tuvo un gran efecto en él para orientar su corazón hacia la verdad de la fe Católica. Durante un largo tiempo, San Agustín deseó ser puro, el mismo le manifestó a Dios: “Hazme puro…”

santo - San Agustin de Hipona
San Agustín de Hipona

San José de Copertino, Patrón de los Estudiantes

José nació en el pequeño pueblo italiano llamado Copertino. Sus padres eran muy pobres. A los 17 años pidió ser admitido a la orden franciscana pero no fue aceptado. Pidió que lo recibieran en los capuchinos y fue aceptado como hermano lego, pero después de ocho meses fue expulsado porque era en extremo distraído. Dejaba caer los platos cuando los llevaba para el comedor. Se le olvidaban los oficios que le habían asignado. Parecía que estaba siempre pensando en otras cosas. Por no cumplir bien con sus deberes tuvo que dejar el convento.

Al verse desechado, José buscó refugio en casa de un familiar suyo que era rico, quien declaró que este joven “no era bueno para nada”, y lo echó a la calle. Se vio entonces obligado a volver a la miseria y al desprecio de su casa. La mamá le rogó insistentemente a un pariente que era franciscano, para que le recibieran al muchacho como mandadero en el convento de los frailes. Sucedió entonces, que en José se obró un cambio que nadie había imaginado. Lo recibieron los frailes como obrero y lo pusieron a trabajar en el establo y empezó a desempeñarse con notable destreza en todos los oficios que le encomendaban. Pronto con su humildad y su amabilidad, con su espíritu de penitencia y su amor por la oración, se fue ganando la estimación y el aprecio de los religiosos, y por votación unánime de todos los frailes de esa comunidad, fue admitido como religioso franciscano.

Dificultad en los estudios

Le mandaron estudiar para prepararse al sacerdocio, pero le sucedía que cuando iba a presentar exámenes se trababa todo y no era capaz de responder. Llegó uno de los exámenes finales, la única frase del evangelio que Fray José era capaz de explicar completamente bien era aquella que dice: “Bendito el fruto de tu vientre Jesús”. Estaba asustadísimo, pero al empezar el examen, el jefe de los examinadores dijo: “Voy a abrir el evangelio, y la primera frase que salga, esa será la que tiene que explicar”. Y salió precisamente la única frase que Fray Copertino se sabía perfectamente: “Bendito sea el fruto de tu vientre”.

Llegó al fin el examen definitivo en el cual se decidía quiénes serían ordenados. Y los primeros diez que examinó el obispo respondieron tan maravillosamente bien todas las preguntas, que el obispo suspendió el examen diciendo: “¿Para qué seguir examinando a los demás si todos se encuentran tan formidablemente preparados?”. José, que era el próximo en turno y estaba atemorizado, se libró de tener que pasar el examen.

Es por eso que nuestro santo es el patrón de los estudiantes, especialmente de los que, como el,  encuentran dificultades en sus estudios. El santo se complace en ayudarles.

Sabía que no tenía cualidades especiales para predicar ni para enseñar, pero entonces suplía estas deficiencias ofreciendo grandes penitencias y muchas oraciones por los pecadores. Jamás comía carne ni bebía ninguna clase de licor. Ayunaba a pan y agua muchos días. Se dedicaba con gran esfuerzo, consagrado a los trabajos manuales del convento.

Sus éxtasis, curaciones milagrosas y sucesos sobrenaturales eran tan frecuentes que no se conocen en semejante cantidad en ningún otro santo. A los que le consultaban problemas espirituales les daba siempre un remedio: “Rezar, no cansarse nunca de rezar. Que Dios no es sordo ni el cielo es de bronce. Todo el que le pide recibe”.

santo - San José Copertino
San José Copertino

Así como estos dos santos, hay muchos más. Los santos tuvieron una vida como la de cada uno de nosotros: con pecados, dificultades, alegrías, tentaciones, temores, entre muchos otros. Ellos decidieron alcanzar la perfección, entregándose a la gloria de Dios y servicio del prójimo.

Si alguna vez te has preguntado, para que estamos en este mundo o porque nos suceden tantas cosas, hoy te tengo la respuesta: Dios quiere que seas santo, ¿Por qué? Porque te ama y desea que sientas ese amor por medio de su gracia.

Tú puedes ser santo en todas partes, en la escuela, en el trabajo, en la fila del banco, de compras, con tu familia, amigos, cualquier cosa que hagas hazlo para gloria de Dios. Jesús dará frutos en ti si tú cooperas con su gracia. La gracia se recibe con el  arrepentimiento, la Confesión, la Comunión, la oración, los sacramentos, la Escritura, las buenas obras, amor, fe y esperanza. Eso sí,  no hay santidad sin renuncia de sí mismo.

¿Qué debo hacer para ser santo? Te recomiendo seguir esta serie de 7 de pasos para acercarse a la santidad y comenzar esta nueva aventura.

“No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante” (Filipenses 3,12-14).

Cinthia Madera
Cinthia Madera

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